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El CEU a 40 años sin Cárdenas

hace 5 horas
4 min de lectura
Esa capacidad de movilización ciudadana se ha erosionado en estos años. La construcción de los partidos que hoy gobiernan despobló a los movimientos sociales de cuadros y espacios de acción, y la vida política se ha concentrado en las elecciones, los partidos y el Ejecutivo. Foto La Jornada
Esa capacidad de movilización ciudadana se ha erosionado en estos años. La construcción de los partidos que hoy gobiernan despobló a los movimientos sociales de cuadros y espacios de acción, y la vida política se ha concentrado en las elecciones, los partidos y el Ejecutivo. Foto La Jornada

El 31 de octubre de 1986, representantes de 21 escuelas de la UNAM nos reunimos en el auditorio Ho Chi Minh de la Facultad de Economía y fundamos el Consejo Estudiantil Universitario. Llegaron delegaciones de casi todas las escuelas y facultades, muchas de ellas encabezadas por mujeres jóvenes. Cuarenta años después, la conmemoración de aquel nacimiento se ve ensombrecida por la muerte de Cuauhtémoc Cárdenas, ocurrida este 28 de octubre. No es una coincidencia menor: la historia del CEU y la del ingeniero se cruzaron en uno de los momentos fundacionales de la democracia mexicana.


Quienes formamos el CEU fuimos parte de la generación de la crisis. Desde 1982 el país arrastraba devaluaciones, caída salarial, inflación de tres dígitos y el ajuste estructural dictado por el FMI: privatizaciones y recortes a educación y salud. El sismo de 1985 sacó a miles de estudiantes de las aulas para rescatar una ciudad abandonada por sus gobiernos y reactivó una organización de base que estaba lista cuando el rector Jorge Carpizo, en septiembre de 1986, impuso reformas que encarecían y restringían el acceso y la permanencia en la universidad. El CEU fue, antes que nada, producto de la confianza de los estudiantes en su propia capacidad de argumentación, organización y lucha, puesta a prueba en el diálogo público con la rectoría, en las asambleas y en las calles. Y esa confianza ganó: tras la huelga de enero y febrero de 1987, el Consejo Universitario suspendió las reformas y convocó a un Congreso Universitario. Pocas veces un movimiento estudiantil había conquistado sus demandas prácticamente sin represión. Para entonces, la misma crisis incubaba otra ruptura, esta vez en el corazón del régimen: la Corriente Democrática del PRI.


Eran dos rebeldías nacidas de los mismos agravios, pero no se conocían. Desde la universidad la veíamos como una pugna más dentro del partido oficial. En octubre de 1987, días antes del registro de su candidatura, integrantes de la Corriente Democrática nos invitaron a reunirnos con Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo en casa de la maestra Ifigenia Martínez. Fuimos Carlos Imaz, Salvador Martínez della Rocca (El Pino) y yo, con interés y mucha prevención. Cárdenas fue breve y preciso: habló del movimiento estudiantil y de la educación superior pública y gratuita, y asumió el respaldo a nuestras demandas. Imaz le dijo sin rodeos que podíamos trabajar juntos, pero que desconfiábamos de ellos. Muñoz Ledo se exaltó; el ingeniero respondió con calma que era lo menos que podía esperarse y que la confianza se construía con hechos.


Y la construyó. Emitió de inmediato una declaración contundente, trabajada con Antonio Santos, que exigía la presentación de los desaparecidos de la guerra sucia y respaldaba la lucha del Comité ¡Eureka! Acordamos después un gran mitin en Ciudad Universitaria. Coincidimos en que el CEU, como organización, no debía convocarlo: no queríamos reproducir el corporativismo que criticábamos al partido oficial, y para ello formamos el Movimiento al Socialismo. Cuando la rectoría se opuso y algunos personajes del Frente Democrático Nacional negociaron a nuestras espaldas un acto fuera de CU, Cárdenas no vaciló: iríamos a la explanada.


El 26 de mayo de 1988 se realizó uno de los actos más grandes de su campaña, el que él mismo consideró el mejor. En la tribuna no había dirigentes partidarios: hablaron Adolfo Gilly por el profesorado, Evaristo Pérez Arreola por los trabajadores y yo por los estudiantes. El Pino cerró el mitin sometiendo a votación un llamado al PSUM para que declinara la candidatura de Heberto Castillo en favor de Cárdenas. Aquel día quedó sellada la alianza entre la izquierda social universitaria y la insurrección electoral que puso en jaque al régimen y que sólo pudo ser contenida con el fraude del 6 de julio.


Cárdenas honró esa alianza durante décadas. Como jefe de Gobierno del Distrito Federal reconoció la justeza de la huelga de 1999 y contuvo, hasta donde pudo, a la fuerza pública. Tras la entrada de la Policía Federal Preventiva a CU, ya como candidato presidencial, condenó la represión ante un auditorio hostil en el Tec de Monterrey y exigió la liberación de la profesora Guadalupe Carrasco, La Pita, secuestrada dos días antes. En junio, contra las presiones de la propia dirigencia del PRD, volvió a la explanada para denunciar la agresión más grave que había sufrido la UNAM. Fue la última vez que una candidatura presidencial se sometió al juicio de las comunidades universitarias en su plaza principal.


Estudiantes de esa generación nos integramos a la lucha social y política de muy diversas formas. Unos por la vía electoral, hasta llegar al gobierno; otros en la academia, los movimientos sociales o los medios. Una participante destacada de aquel CEU de 1986 es hoy Presidenta; al conocer la muerte del ingeniero afirmó que en 1988 debió haber sido reconocido como presidente. Es de elemental justicia histórica. Pero la herencia de aquellos años no se agota en el acceso al poder. Lo que hizo posible la confluencia en 1988 fue la existencia de una sociedad organizada de manera independiente, con demandas y fuerza propias, capaz de pactar con un liderazgo político sin subordinarse a él. Y un dirigente que entendió que esa independencia no era un obstáculo, sino la condición de una alianza verdadera.


Esa capacidad de movilización ciudadana se ha erosionado en estos años. La construcción de los partidos que hoy gobiernan despobló a los movimientos sociales de cuadros y espacios de acción, y la vida política se ha concentrado en las elecciones, los partidos y el Ejecutivo.


Conmemorar al CEU y despedir a Cárdenas exige lo mismo: reconstruir la organización independiente de la sociedad como contrapeso democrático, con la simpatía o el enojo de quienes gobiernan, por cercanos que nos sean en historia y afinidad. La confianza, nos enseñó el ingeniero, se construye con hechos. La capacidad de acción, la organización y la fuerza, también.


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