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Yayoi Kusama, quien inundó con lunares el mundo del arte, fallece a los 97 años

  • hace 1 hora
  • 4 min de lectura

Kusama, una de las artistas contemporáneas más respetadas de Japón, expuso ampliamente su obra en todo el mundo, incluido el museo The Broad, en Los Ángeles.

Kusama murió el 14 de agosto en un hospital de Tokio, comunicó el Yayoi Kusama Studio, sin especificar la causa del deceso.
Kusama murió el 14 de agosto en un hospital de Tokio, comunicó el Yayoi Kusama Studio, sin especificar la causa del deceso.

La artista japonesa Yayoi Kusama, famosa por plasmar sus característicos lunares en pinturas, esculturas e instalaciones museísticas de todo el mundo, falleció, según informó el jueves su estudio. Tenía 97 años.


Kusama murió el 14 de agosto en un hospital de Tokio, comunicó el Yayoi Kusama Studio, sin especificar la causa del deceso.


"Siguió pintando hasta sus últimos días, sin soltar nunca el pincel, y continuó explorando el amor eterno y el alma inmortal", señaló el estudio en un comunicado. "Honraremos los deseos de Kusama y, a través del arte, seguiremos llevando esperanza y fortaleza para el futuro a personas de todo el mundo".


Kusama, una de las artistas contemporáneas más respetadas de Japón, expuso ampliamente a nivel internacional, incluyendo instituciones como el Museo de Arte Moderno (MoMA) y el Museo Whitney de Arte Estadounidense en Nueva York, así como el Museo Ludwig en Alemania. El museo The Broad, en el centro de Los Ángeles, cuenta con dos de sus "Infinity Mirror Rooms" (Habitaciones de espejos infinitos) en su colección.


Los motivos repetitivos eran su sello distintivo; adoptaban diversas formas —como redes, espirales o gusanos—, pero sobre todo lunares que danzaban con orgullo sobre sus lienzos, o bien se presentaban como esferas brillantes o puntos de luz en sus instalaciones, desplegando todo su vibrante esplendor psicodélico.


"Los lunares son fabulosos", declaró Kusama en una entrevista de 2012 con The Associated Press, luciendo su característica peluca naranja estilo bob y un atuendo estampado con lunares.


"Quiero crear mil cuadros, tal vez dos mil; tantos como pueda dibujar", afirmó con un tono que combinaba una cualidad infantil y una franqueza pragmática. "Seguiré pintando hasta que muera".


Kusama insistía en que dibujaba tal como veía el mundo: cubierto de puntos, parte de las alucinaciones que decía padecer desde su infancia. Entró y salió de instituciones psiquiátricas durante décadas; sin embargo, su enfermedad no fue un obstáculo, pues fue una de las primeras mujeres japonesas en viajar a Nueva York para dedicarse al arte, en 1957.


Aunque de voz suave y modales tímidos, siempre se mostró audaz y sin complejos al defender su visión basada en los puntos, no solo manteniéndose fiel a ese estilo durante décadas, sino también haciéndolo accesible al gran público.


En sus últimos años, a medida que el mundo se ponía al día con su obra, alcanzó la fama. Colaboró ​​con marcas de moda como Louis Vuitton y con otras líneas de productos —como tazas de té, camisetas y llaveros— que llevaban sus ilustraciones, incluidas réplicas de su propia imagen utilizadas en escaparates y campañas publicitarias.


En 2008, la casa de subastas Christie’s vendió una obra suya por $5.8 millones. En 2016, recibió la Orden de la Cultura, el galardón más prestigioso que Japón otorga a sus artistas.


Al recibir el premio, declaró a la prensa que estaba más decidida que nunca a seguir creando, subrayando que la sinceridad y la entrega demostradas en su vida personal eran elementos fundamentales de su legado artístico.


"Siento que me queda poco tiempo de vida, pero sigo luchando a muerte por mi arte", afirmó. "Lo doy todo para que muchas personas sigan interesándose en mi obra, incluso después de mi muerte".


A Kusama se la etiquetó como artista pop, vanguardista o feminista —por citar solo algunas de las categorías que se le atribuyeron—, aunque ella restaba importancia a la mayoría de estas etiquetas por no reflejar fielmente su arte.


Deja Japón y se instala en Estados Unidos

Nació en el seno de una familia de clase media, pero se sentía incomprendida, ya que sus padres querían que simplemente se casara; preferían comprarle kimonos antes que pinturas y pinceles. Supo que debía marcharse y eligió Estados Unidos.

Cuando llegó a Nueva York, la tendencia imperante era la action painting (pintura de acción), caracterizada por chorretones, trazos enérgicos y manchas, no por puntos. Sufrió años de pobreza y anonimato, pero siguió pintando puntos. Colocaba círculos de papel sobre los cuerpos de las personas —y una vez sobre un caballo— durante sus happenings antibélicos de finales de la década de 1960; estas acciones provocaron que algunos participantes fueran arrestados por obscenidad, pero también ayudaron a que su arte atrajera la atención de los medios. Durante su estancia en Nueva York, entabló amistad con artistas como Andy Warhol, Georgia O’Keeffe y Joseph Cornell, quienes elogiaron su estilo innovador.


A lo largo de los años, Kusama ha creado obras singulares pero profundamente festivas, como Macaroni Girl —una figura femenina cubierta de macarrones que expresa el miedo a la comida—, The Visionary Flowers —esculturas gigantes de tulipanes retorcidos— y Mirrored Corridor, una sala de espejos que crea la ilusión de un campo de protuberancias fálicas salpicadas de puntos.


Kusama, quien también ha realizado películas y publicado varias novelas, comentó que no sabía exactamente de dónde provenían sus ideas; simplemente tomaba el pincel y comenzaba a dibujar. El proceso resultaba tan misterioso que, a veces, ella misma se sorprendía, declaró a la agencia AP.


"Pienso: '¿Oh, eso lo dibujé yo? ¿Estaba pensando en eso?'", dijo.


Sin embargo, se mostraba feliz de que su arte fuera objeto de atención mediática y elogios, ya fuera recitando uno de sus poemas ante un periodista o posando con entusiasmo junto a sus obras para las fotografías.


Pero también encarnaba una mezcla encantadora y desarmante de vulnerabilidad y desafío: en un momento se declaraba "una revolucionaria artística" y, al instante siguiente, murmuraba: "Tengo tanto miedo, todo el tiempo, de todo".


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